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Decálogo
para recordar sanamente
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No
te lamentes de las oportunidades perdidas. Mientras lo haces, quizás
esté pasando el último tren por delante de tu casa, tal vez está
amaneciendo de nuevo, acaso alguien esté llamando a tu puerta.
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No
sigas castigándote por los errores cometidos. Es como repetir siempre
la misma asignatura. De este modo, nunca aprenderás la lección del
amor que Dios te regala cada día, ni el arte de conjugar la vida. El
pasado pasó. ¡Desahoga en Él tus afanes!
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Vive
agradecidamente el presente: es tu tiempo y tu tarea. De lo contrario,
tu futuro puede convertirse en una vana ficción.
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En
la adversidad y en la debilidad haz también memoria: reaviva energías
que ya usaste, despierta recursos qué conoces, desempolva entusiasmos
que ya gozaste. Saborearás de nuevo la vida.
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No
uses de tu pasado como pretexto compensatorio, como arma arrojadiza
contra alguien, como acumulador de resentimientos: terminará por ser
más fuerte que tú.
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La
nostalgia es actitud de necios. Lo mejor, lo más interesante, lo
nuevo (incluso cuando la soledad parece cegarte) es tu presente: acógelo,
sácale partida.
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Si
ya no tienes objetivos, ilusiones y esperanza, aterrizarás forzosa y
peligrosamente en el pasado. Deja, por tanto, que por algún resquicio
de tu alma o de tus ventanas, entre un poco de aire que mantenga vivo
el rescoldo.
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Mira
siempre agradecido a tu pasado. No te faltan motivos para ello.
Descubrirás que, a pesar de todo, ha valido la pena haber sido
escogido desde la eternidad de Dios para la aventura maravillosa de la
vida.
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Vive
cada día como una nueva oportunidad. En el pórtico de la Vida que te
ha sido prometida, ya puedes decir (con modestia, claro): Confieso que
he vivido.
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"Haz
memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos". La fe de
los cristianos tiene su origen en la historia de Aquel que "pasó
entre nosotros haciendo el bien. Pero no pasó. Sigue vivo. Ser y
hacer memoria de El es apuntarse a la mejor conjugación: He vivido,
vivo y... viviré.
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